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martes, 15 de febrero de 2011

Grecia de mi corazón

Yvonne Silva E.

PRIMER DÍA EN ATENAS

Llegamos a Atenas por British Airways a las 10:30 de la noche. Habiamos dejado el aeropuerto de Gatwick a las 6:00 de la tarde, mas considerando que Grecia está adelantada a Londres una hora, realizamos el vuelo en tres horas y media. El gasto por viajero no excedió 104 Libras (Pounds).
Estaba muy desconcertada pues al salir de Londres sentí que perdía toda mi seguridad. Además, no podía hacer la conversión de moneda, tenía que partir desde el punto de 160 Dragmas por dollar. Fue imposible mi esfuerzo, no entendía nada. Desconfiaba de la gente: era otra muy distinta a la que acababa de dejar.
Los taxistas se hacían los canallas con movimientos sospechosos al acercarse a ofrecer sus servicios. Una parte de un muro que lucía cierta falta de limpieza, frente a la caja de cambio, anunciaba en cartelitos hechos de rápida manera lugares de alquiler a 4, 5, 7, 8, 000 Dragmas; no tenía idea si eran caros o baratos para darme una idea de su presentación, las estrellas que esto determinan no aparecían por ningún lado; era angustiante, divertido, misterioso, estar en un lugar tan amado, tan largamente soñado y al mismo tiempo tan desconocido. Además, yo no quería llegar a un lugar tan impersonal como es un hotel, quería meterme en el corazón de la ciudad, de la gente y absorberla, quería evitar a toda costa ser turista. Era como regresar desde un lejano tiempo. Pensaba que si Ulises, Aquiles o el mismo Homero regresaran estarían más o menos en las mismas condiciones que yo.
La escritura se me escondía, no podía, no podía leer. Nos acercamos a una pequeña oficina de información y una joven que parecía india nos hizo una reservación en un hotel situado en  La Plaka, según lo solicité más bien por intuición. Nos entendimos con ella en un mediocre inglés por ambas partes; aun así, pudo recomendarnos no pagáramos más de 10, 000 dragmas al chofer, comencé a entender las equivalencias.

El taxi se deslizó con rapidez -y lo mismo su taxímetro- por calles que podían pertenecer a cualquier lugar anodino y... por qué no decirlo, feo.
Hicimos por lo menos 20 minutos. Llegamos a La Plaka y los nombres que iban a ser mis asideros comenzaron a fluir con más continuidad de la que imaginaba.
Empecé a sentirme feliz, estaba concentrando a mi familia. Por principio de cuentas el hotel llevaba el nombre de “Omiros”. Al estar bajo el amparo de este amado nombre sentí un cálido abrazo de bienvenida: en la misma calle se encuentran el “Hermes”, el “Afrodita”, y la calle se llama Apollonos. Sentí una explosión de burbujas en todo mi ser.
La habitación no era especial pero no estaba mal y como daba a la calle me despertó por la mañana el maravilloso sonido de risas y voces en lengua extranjera que me deleita escuchar en los viajes, y sobre todo aquí, lengua griega.
Me asomé al balcón: la calle era angosta y aunque apenas comenzaba la mañana ya la gente se desplazaba por las baldosas como en un inicio de algarabía. Brillo y vivacidad animaban los semblantes, los pocos comercios que se distribuían a lo largo de la calle adornaban sus locales con la exhibición de ricos colores que impregnaban característicos estampados en faldas, camisas, bolsas, pañuelos para el cuello, en una gama de terracotas, violetas, arena, púrpuras, etcétera, sin faltar los oliváceos. Las pulidas baldosas seguían gastándose en el tiempo por infinito número de plantas provenientes de lejanas tierras sin contar las locales. La Plaka es la parte antigua de Atenas.

Desayunamos -¡el colmo!- en un restaurante americanano y, por supuesto, tomamos un almuerzo con huevos estrellados, etcétera, etcétera.
¡Mea culpa! En el camino a desayunar, vimos unos tapetes de muy alto precio y no tan atractivos. Las tiendas con sacos, estolas y abrigos de pieles abundan -lo menos hay dos en cada calle. Entramos en una de ellas, vi un saco corto precioso, -en los viajes me acomete la curiosidad de establecer diferencias en todo y por todo- así que me cobijé en su nívea blancura cuyo color era lo único indicado para mi lugar de origen, ¿qué iba a hacer yo con semejante calentador encima? Y además parecía de un alto costo. Para los curiosos que quieran hacer la conversión de 350, 000 dragmas a pesos lo sabrán, yo aún no lo sé.
Después de recorrer algunas calles llegamos a una gran plaza: Sindagma, que significa eso: plaza. En el extremo izquierdo de la plaza un imponente hotel anunciaba “Gran British Hotel”. Me sentí muy bien, el espíritu de mis leones tutelares no me abandonaba; ya explicaré por qué estos hermosos animales eran mis guardianes cuando narre mis andanzas británicas. Por lo pronto, disfruté de esa presencia tácita de lo que acababa de dejar, en el mismo momento que ante mis ojos se extendió enorme, con sus hermosas fuentes y jardines la plaza Sindagma custodiada por la avenida Amalías. Frente a la plaza se encuentra el edificio del Parlamento, que fue primero el palacio real, construido en el reinado del rey Otto, quien era babarés y esposo de la reina Amalías, de la cual lleva su nombre la avenida principal, misma que conduce hacia el templo de Zeus y el arco de Adriano, hasta donde se extiende el parque Nacional, que pertenecía al Palacio Nacional y fue mandado construir por la propia reyna. Una tarde caminamos por este gran parque y descubrimos entre la hondonada, un bello edificio de estilo neoclásico que, después lo supe, actualmente se utiliza para exposiciones y conferencias.
Bajo el Parlamento se encuentra el monumento al Soldado Desconocido en donde día y noche montan guardia guapos mancebos vestidos de forma peculiar: motas negras adornan la punta de los zuecos con los que se calzan enfundados en mallas blancas; un jacket beige adornado con acordonados negros y rojos, cubre hasta la mitad del muslo; del birrete, que ostenta los mismos adornos, pende una gruesa y oscura trenza que se desliza con gracia hacia el pecho. Hay algo de encanto femenino en este atuendo no obstante la presencia de una intimidante carabina, o algo así, que sostienen los tensos oficiales con denuedo y gallardía. Aunque no me sentía turista no pude evitar los requiebros inherentes a este papel y no dudé en tomarme una fotografía con uno de estos atractivos guardianes, no sin antes consultar discretamente el parecer del guarda elegido que se puso rojo como la grana y al no poder emitir palabra, porque así lo requiere el reglamento, asintió bajando los párpados, al retirarme le expresé mi agradecimiento a su gentileza y el esbozó una sonrisa con un dulce mensaje en los ojos. Era muy bello.

La misma avenida Amalías lleva hacia el arco de Adriano, como antes comenté. Este es monumental, como todo lo que se ve en Atenas, y, bueno, en todo Grecia, y frente al Arco, como remate del Parque Nacional está nada menos que el templo de Zeus Olímpico, de altísimas columnas de estilo Corintio. Fue comenzado por el tirano Pisístrato en el año 530 antes de Cristo y terminado por el emperador Adriano a mediados del segundo siglo después de Cristo. Este templo se componía de 104 columnas y es considerado como el templo más grande de Europa. Venecianos, genoveces, romanos, ingleses, sólo han dejado 16 columnas -una derruida. La rapiña nació con el mundo. ¡Hay mis ingleses! muestran lo mejor del Partenón en British Museum.

El Arco de Adriano, según lo decretado por el Emperador, dividía Atenas, la parte vieja a la que llamó 'Ciudad de Teseo', de la parte nueva, a la que por supuesto llamó 'Ciudad de Adriano'. Este Arco está flanqueado por pequeños pilares estilo Corintio. En la placita que se forma entre el Arco y el Templo de Zeus se encontraba un joven japonés dibujando de forma magistral el citado Arco. Observé por un momento y me retiré felicitándolo, los artistas no tienen fronteras. ¡Enhorabuena, jovencito!

Seguimos hacia El Partenón:

“... arre, arre Odiseo
al Partenón... al Partenón...”

recordé no sin deleite y veracidad este hermoso poema del poeta Juan Carvajal.
Aunque el Partenón se vislumbra desde lejos, si que hay que peregrinar para merecer estar a su pie y perder casi los tuyos ante tan inconmesurable grandeza, aunque una vez ahí, un torrente de lágrimas me lo ocultó.

“A donde quiera que voy, Grecia me hiere…”

Sentí esa verdad del poema de Giorgio Seferis recorrer mi ser. Así es. El Partenón fue un torrente de penas indecibles, las ruinas de una grandeza que nada podrá restaurar sino al contrario, todo intento de restauración es una profanación que abre más la herida.  Algo en mí se reveló ante la presencia de uno de los monstruos apocalípticos, un infernal aparato (llamésele grúa) ocupaba el sagrado recinto en donde antaño gráciles pies virginales se deslizaban diligentes resguardando los utencilios ocupados en el ritual de la diosa, la divina Atenea Partenos, por lo que se le llamó Partenón y que, como es sabido, significa vírgen. Por este motivo, sólo eran las vírgenes quienes podían entrar en el sagrado recinto. Y así, de pena en pena me llevaban mis pasos, el deambular por mi casa en ruinas que aunque sabido, no así vivido. Y en este recorrido me  encontré con Dionisos, el hermoso Dionisos que yace también, mutilado y sin bridas en su mano, con un ademán eterno de auriga ante las cabezas de sus caballos que ya no necesitan guía, sus cuerpos inexistentes no podrán más lanzar al viento sus orgullosas crines y quietos permanecen nostálgicos junto al dios que guarda impotente, entre los escombros al pie del templo la pasada gloria de su estirpe, día y noche, hasta que vuelva como los hombres al polvo Dionisos soportará las inclemencias del tiempo y el viento y el sol trabajarán inagotables su cuerpo. Sólo la lluvia llegará piadosa y entonces Dioniso podrá  desahogarse y llorar oculto, amparado bajo el torrencial manto de ella que lo protegerá de que su dignidad no se vea quebrantada. La gente dira: -“Mira, cómo resbala la lluvia sobre los perfectos razgos del dios” Sin embargo, tal vez, corre mejor suerte que otros de sus hermanos, aún está en Grecia, cielo y tierra griegos mientras que otros permanecerán solos y expatriados en lejanas y extrañas tierras y se lamentarán “Oh Lord Elgin, cuánto mal nos hiciste…”
Dejo la Acrópolis con el corazón destrozado, y para más desgracia una moderna y guapísima griega (tipo Melina Mercoury) me echa de ahí con gritos desaforados. Pienso que las Furias, las terribles y devastadoras Erinias son las que hoy se han posesionado de este sagrado lugar que siento me pertenece. Varias dimensiones y emociones se conjugan dentro de mí y no sé bien en cuál estoy. Me enfrento a ellas -eran cuatro y un hombre- de una manera un tanto inconsciente, las siento fuera de contexto, a pesar de que defienden que se haya violado una demarcación (mi acompañante pasó del otro lado del cercado, y yo al escuchar las agresivas voces paso tambien en apoyo a mi acompañante y como un reto a que me saquen del lugar que es mío ¡lo amo, lo entiendo, y por eso es mío! Dionisos acaba de saberlo así, quizás en mucho tiempo nadie lo ha visto ni sentido como yo ahora, y por eso es mío. “¡!Es mío”!!  les hago saber aturdidamente a las Erinias que gritan “¡Helá! ¡Helá! En la primera dimensión resultaron ser vigilantes pertenecientes a Antropología, según se identificaron y tenían razón sobre mí. Me sentí humillada de que ellas, a quienes también amaba, no me reconocieran, pero salí con la cabeza erguida e imperturbable como Dionisos me enseñó que se debe estar ante las inclemencias. Si hubiera estado lloviendo hubiera podido deshagorme, protegida por la lluvia, como lo imaginé a él.
Bajamos por los níveos Propileos, en donde se encuentra el pequeño y bellísimo templo de Atenea Victoria o Nike Aptera, mármol blanquísimo en estilo Jónico (recordemos que el Partenón es Dórico) cuatro columnas por cuatro y a dos pórticos, en su interior, sólo una habitación simple, la cela que estaba abierta al Oriente por dos pilastras por donde se entraba –como en la mayoría de los templos clásicos, por el Oriente- columnas más esbeltas que las del Partenón, monolíticas y de 24 canaladuras. Sus capiteles sostenían un friso cuya historia, ya sabemos , se exhibe, la mayor parte, en British Museum gracias a … también ya lo sabemos, Lord Elgin. En el friso oriental se representaba una asamblea de dioses y batallas entre griegos y persas, de los que se pueden ver copias en yeso, y una pequeña parte en originales aunque muy restaurada. La leyenda nos cuenta que en el interior de la cela se encontraba una estatua hecha en madera de Nike Aptera, sin alas, recordemos que se daba a Atenea otras atribuciones, en este caso, le daban el atributo de Victoria, y así, se dice que la representaban sin alas porque los griegos se las cortaron para que no volara nunca fuera de Atenas.
La tarde caía sobre la Acrópolis, que la revestía con un hálito ahumado, y por no dejar, aún pude tomar algunas fotografías del Partenón, que curiosamente salieron, para mi asombro, y además, captar, como si esto hubiera cubierto la cima, el peso de la tragedia que me invadía: la Acrópolis de noche.
También el Odeón de Herodes Aticus, pude captarlo en un instante con mi humilde Kodak Cammera. No obstante, me sentí incómoda y absurda con el hecho de que esta vestal tuviera que recurrir a una actual maquinita para gravar las ruinas de su corazón.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

OLIMPIA - II -

Por Yvonne Silva E.


Veníamos de Nauplion, tabernáculo asclepiado, Esculapio por doquier. Ibamos hacia la Arcadia. Los altos cerros, gigantes perpetrados en clamoroso deseo del sempiterno Olimpo, dominaban el paisaje agreste, paisaje con grandes sembradíos de papas, cerezas y ajos. Surcos huidizos hacia un vértice en donde se erguían las altas elevaciones. Patas de cabra. Esto es Arcadia. Esto es el centro mismo del Peloponeso, y lugar pánico –pensé- y de ninfas ninfálidas, tierra apisonada por sus correteos y juegos con su dios, Pan. El viento trae aún el eco de sus risas y de sus coros ornamentados con las dulces armonías de la flauta sonora del dios.
A mi oído, o tal vez a mi fantasía llegaron algunas armonías. Recordé bucólicas lecturas –algunas atribuidas a Longo, escritor casi de leyenda- como su Dafnis y Cloe, que en mi edad juvenil me solazaban. Al fin me encontraba en esos lugares. Al fin me sumergía en el corazón mismo del mito.

Mi mirada inquieta se desplazaba sobre el verde manto de la historia desde la ventanilla del confortable autobús que nos conducía por tan sacralizados parajes. De pronto, algo pasó en la maquinaria del vehículo en el que hacíamos un tour junto con 18 o 20 compañeros venidos de diversas partes del viejo mundo, nosotros éramos los únicos americanos. La guía, severa y académicamente informada, era alejandrina, los dos conductores, griegos. Este incidente me dio la oportunidad de bajar del autobús y merodear por los alrededores de una floresta solitaria. Mitos griegos y cristianos de pronto se mezclaron al encuentro de una pequeña iglesia bizantina, único vestigio edificado en medio de las alturas de ese mundo natural que serpeaba lleno de verdor. En el arco de su entrada una placa exponía:

TOY ALIOY NEKTAPIOY
K. K OMEGA OEOKAHTOY

Debajo de ésta podía contemplarse una mística escena en mosaicos bizantinos. Dos ministros eclesiásticos juntaban sus benditas cabezas auroleadas y leían en santa devoción un libro que entre ambos sostenían. Quizás uno de esos raros ejemplares llamados Códices Purpúreos, en los que los sabios del Scriptorium de Alejandría narraron la vida de Cristo, y de los que sin embargo, ninguno ha quedado en Grecia. En Grecia sólo el mito, en Grecia, la Arcadia.
El incidente se arregló en poco tiempo y pudimos continuar. Llegamos a la bella y misteriosa Mistra, en donde se encuentra el regio castillo de la valiente y controversial –por su inteligencia y tendencias feministas, amén de su pasado obscuro– emperatriz Teodora; la historia aún la juzga y en represalia, apenas sí la nombra. Con sus múltiples iglesias que presentan enormes frescos, algunos muy bien conservados, esta ciudad bizantina requiere un capítulo aparte. Por lo pronto, Olimpia era la meta.
Rula =tal era el nombre de nuestra guía=, nos hacía llegar frecuentemente su ilustrador discurso histórico, en el que pude observar se infiltraba algo más que el puro detalle, ella había crecido en Atenas, era alejandrina, y amaba como yo esta tierra, esta cultura. Mis sentidos estaban alertas y captaban un sinnúmero de significados que como lluvia de estrellas caían incesantes; mi atención se concentraba en retener el símbolo que se erigiera como unificador de este pletórico discurso.
Después de Mistra, el camino hacia Kalámata se convirtió en profundos desfiladeros y se hizo más sinuoso. Conforme avanzábamos podíamos ver entre el obscuro verdor de los pinos la carretera que serpeaba en forma de espiral. Una muchacha suiza que viajaba sola tomaba fotografías intermitentemente. Mi acompañante se quejó de mareos y comenzó a tomar agua. Todos nuestros compañeros eran agradables. Una mujer que iba con su joven hija –quien siempre se las arreglaba para semejar modelo de Vogue en pasarela– le dio a mi acompañante unas gotas de algo para aliviar el mareo. El viaje era delicioso y yo no entendía su malestar, por fortuna, el paisaje me abstraía.
Hicimos un alto en el camino y Rula nos indicó que si deseábamos, tomáramos el agua que emanaba de entre las rocas del monte que se erguía a un lado de la carretera. Este era un pequeño venero que no se necesitaba un acto de fe para sentirse hondamente favorecido con su pureza que bien podría haber curado las culpas de las culpas de todos los ancestros de los creyentes. Frente a este manantial, una amplia y rústica tienda ofrecía al viajero un delicioso tzatziki (yogourt de leche de cabra). Polvosas baratijas se amontonaban como souvenirs en estantes puestos de cualquier manera, algunas mesitas y sillas se esparcían por una grande terraza de rústico piso, desde donde se dominaban los altos montes cubiertos de pinos. Era una bella terraza, un lujoso mirador, si decir lujo es decir exuberancia, que no discrepaba con la modestia del lugar. Caminaba entre los efluvios de esa atmósfera fresca y pura como el agua que acababa de beber, veía como por casualidad los montones de figurillas, toda la caterva de dioses y personajes fantásticos entre los que figuraba un pequeño fauno que algunos visitantes se entretenían divertidos jalando un cordón que hacía subir y bajar su enorme fallo. Sonreí ante esa inocuidad cuando vi pasar a la mujer que suponía era la dueña: alta y gruesa, vestida de igual manera que todas las matronas griegas, con ropaje severamente obscuro. Volteó a verme y me sonrió, más con su mirada de infinita bondad que brotaba por sus aceitunados ojos, que con los labios. Un extraño sentimiento me impulsó a hablar con ella y decidí comprar un inciensario. Tomé el pequeño objeto y le pregunté si tenía incienso –sólo hablaba griego, de manera que nuestro "diálogo" se desarrolló con palabras incomprensibles para ambas y que traducíamos a señas. Me hizo seguirla al fondo de su enorme y bucólica cocina y sacó -como si se tratara de un tesoro- un paquete grande envuelto en papel periódico, sin dejar de sonreir como una madona, es decir casi sin sonreir, si puede ser comprendido. Me decía palabras de dulce sonido en griego salpicadas con una que repetía como un leitmotiv, liváno, en tanto se apresuraba a desenvolver y más desenvolver todo aquel bulto interminable de papel que nunca me permitió ver –al parecer- el preciado liváno. Me di cuenta de que todo el grupo ya se encontraba en el autobús, así que me apresuré. Con gran pena vi que con las monedas que llevaba no me alcanzaría para pagar ni siquiera el inciensario y que para esa compra resultaban absurdas las denominaciones que tenía en billetes de dracmas. “Lo siento mucho, le dije, tocándome el pecho, no tengo más tiempo, debo irme”. Ella se conturbó con mi apresuramiento y me tendió los brazos al mismo tiempo que me daba todo el paquete. Este gesto me confundió, en mi torpeza saqué todas mis monedas y se las di junto con el inciensario y le dije adios, ella me retuvo y me abrazó e insistió en darme el paquete que, con la mejor de mis sonrisas yo no aceptaba. Finalmente me dio el inciensario señalándome que me lo llevara y rechazando las monedas que yo le daba. Era toda una confusión de palabras, señas y emociones. Sonó el claxón del autobús por tercera vez. Rula estaba un poco molesta conmigo porque los hacía esperar en todas partes, debido a que me retrasaba por anotaciones que hacía para escribir un artículo que entregaría a una revista a mi regreso, así que había hecho votos por no provocar más estas incomodidades aunque en realidad al grupo le hacía más gracia que causarles malestar. Besé con emoción la frente de mi amiga e hice toda una serie de manifestaciones de afecto, mientras ella repetía la palabra que nos había unido… liváno, liváno… mostrándome el paquete, y me fui. Mas no sin el inciensario que ella había insistido en que me llevara. Antes de salir me volví para mirarla y sorprendí lágrimas en sus ojos mientras hacía un ademán de despedida.
Rula había puesto un casette con una hermosa canción griega, en la que una dulce voz de mujer repetía “Nayaritzi, Nayaritzi”. En mi ánimo ésta se mezclaba con la voz de la santa mujer repitiendo liváno… Sentí toda la occidentalidad en esas voces, eran los míos, nuestro amor se interceptaba y me reconocían. Mi interpretación de esa mujer con su recio corpachon surgió rápida: era la Madre de las madres a cuyo seno había vuelto el hijo errabundo y cuyo regreso bendice. Luché contra la invasión de un profundo sentimiento que se agolpaba por salir. Mas, para no dar qué decir, jugueteé la pluma en mi bitácora refugiándome en la fría ciencia de la semántica para congelar mi emoción. Escribí:
“Ella cubría su cabeza con un velo negro, como hacen todas las matronas griegas. El hombre, quien supuse era su compañero, era de mayor talla que ella, sus afilados rasgos parecían labrados en oscura madera, tenía ademanes reposados y regios. Una gran dignidad se desprendía de esta pareja ejemplo de… “
Mi acompañante se acercó con cautela para saber qué era lo que escribía, me detuve –mi emoción no permitía intromisiones– y le pregunté si se sentía mejor. Me respondió que el paisaje era bello pero que ya habíamos recorrido mucha carretera y no soportaba el hambre. Pasé mi brazo sobre sus hombros y traté de darle tranquilidad diciéndole que ya pronto llegaríamos, que por el momento tratara de respirar las maravillas que el paisaje nos ofrecía. Insistió con más molestia aún que tenía hambre, y terminó recriminando mi paciente actitud.
Llegamos a Kalámata, el sol era espléndido y a la entrada del pequeño poblado nos sorprendió la azul belleza del Golfo de Mesina. El camino fue ganando en luminosidad que se hizo más intensa conforme avanzábamos. Y al fin ¡ahí estaba! Como una flor en el corazón de la luz. Olimpia. El ánimo se expandía y reverberaba en el espíritu y no había lugar en el cuerpo para nada más que no fuera emoción y felicidad.
Por los campos de Olimpia que recorren los afluentes del rio Tapa, pastan mansamente rebaños que se ven como un pequeño decorado en el inmenso valle. Una casita aquí y otra mucho más allá sólo parecen ser pretexto para completar el escenario, pues nunca se ve a nadie en ellas.
Entramos por la Palestra, lugar en donde se ejercitaban los atletas venidos de los parajes griegos más recónditos, para competir por el privilegio de coronar sus altivas frentes con una guirnalda de olivo, cortada por la inmaculada mano de un infante en el jardín de las ninfas celestes llamadas Espérides: Egle, Eritia y Esperaretusa.
Antes de iniciar las competencias harían el culto a los dioses. Imaginé su devenir por la contigua avenida de las 60 estatuas de Zeus Tronida. El dios fijaría desde su altura de 3 metros su sempiterna mirada en el elegido. Tal vez desde ese momento el atleta ya era revestido de gloria y señalado como el que triunfaría en las competencias. Después haría los consabidos ritos al venerado Apolo, para lo que habría de fatigar las plantas de sus pies venturosos. Quizá también tocaría incrédulo las 62 estrías de las dóricas columnas, y vería la imposibilidad de abarcar ni siquiera la mitad de éstas, aun con los brazos bien extendidos.
Rula nos orientó hacia el Museo, en donde la magnificencia de las antiguas esculturas dejan al visitante revestido de asombro.

martes, 23 de noviembre de 2010

OLIMPIA - I -

Por: Yvonne Silva Espinosa



Llegué a este paradisíaco valle que se encuentra entre el monte Cronos y las afluencias de los ríos Alfeo y Gladeo, en la parte occidental del Peloponeso. Olimpia fue uno de los más importantes santuarios en la Antigüedad y de los más bellos lugares que visitamos en nuestro periplo por el Peloponeso. Se cree que desde el tercer milenio a. C. se construyó el primer santuario de este lugar, el Geión dedicado a la diosa GEA, quien fuera madre de Cronos, abuela de ZEUS, ubicado al pie del monte Cronos. Según Pausanias, fue el más antiguo Oráculo de Olimpia.
No es creíble ver en este mundo tanta luz, tanto verdor y gracia florida, y el sentimiento de infinita paz y dulzura que se experimentan en este lugar divino. Aquí se sustentan desde la más remota antigüedad competencias lúdicas entre los dioses y los hombres, como debe de ser.
El rey Aetlio, el primer rey de la ÉLIDE, nos cuenta Pausanias, fue qien empezó a organizar los juegos olímpicos, así llamados porque ZEUS (olímpico) venció en una competencia a su padre CRONOS, el Tiempo, y fue también que por medio de estas competencias el rey Aetlio eligió de entre sus 3 hijos al sucesor de su reino. También se dice que otros dioses compitieron y que APOLO venció a ARES en el pugilato y a HERMES en la carrera.
Las competencias se realizaban cada 5 años, como lo decretó Heracles (el mayor de los 5 hermanos que tuvieron a su cargo el cuidado de la infancia de Zeus, a quien alimentaron con leche de la cabra AMALTEA) por ser ellos 5. Hasta que después del reinado del rey OXIDO estas competencias cayeron en el olvido.
Fue hasta el año 884 a.C. que el rey IFITO pregunta al ORACULO de DELFOS qué hacer para salvar a Grecia, azotada por guerras civiles y epidemias; y el decreto fue: “Recomenzar los Juegos Olímpicos”
Es muy bella esta leyenda en la que se nos enseña cómo unir fraternalmente a los hombres, y siento que el solo hecho de estar aquí anula todo mal pensamiento o mala intención.
Por supuesto los juegos recomenzados trajeron lo que llamaron “la Tregua Sagrada”, que se inscribió en una placa de bronce llamado “el Disco de Ifito” que se colocó en el templo de HERA, en donde lo vió Pausanias, en el año 160 de nuestra era. Esta Tregua Sagrada era anunciada en todo Grecia por representantes de la ÉLIDE llamados ESPONDÓFOROS, y dió al Santuario de Olimpia tanta autoridad y tan alto privilegio que la institución de los Juegos Olímpicos se mantuvo durante muchos siglos pujante y joven.
El mes sagrado, en que se ejecutaban los Juegos se sitúa entre los meses de Julio y Agosto, por ser la época de Apolo, aunque después se alargó a tres meses. Para esta época se decretó una regla que fue siempre respetada: NO HABER GUERRAS NI ENEMISTADES. Se dice que este mensaje de paz tenía la fuerza de apaciguar pasiones, neutralizar el mal, unir a los ejércitos enemigos y hermanar en el campo de batalla, de dar paz en toda GRECIA, más también esto revela la profunda religiosidad con la que este mundo griego supo entender el divino mensaje.
Herodoto nos habla del profundo sentido que tenían estos juegos: el de la coexistencia armoniosa de la virtud y la fuerza física en el individuo, para la creación de una personalidad espiritual y una raza virtuosa y fuerte.
He aquí por qué el premio al vencedor era solo una corona de rama de olivo, la cual despúes del sacrificio ofrecido a las ninfas KALISTÉFANIS, en donde se encontraba el olivo en cuestión, un niño cortaba la rama con un cuchillo de oro y hacía las coronas.
La llegada a este paraíso, desde la Argólida, es un periplo delicioso, un camino poblado de CIPRESES, LAURELES y grandes extensiones de olivares. Una serie de suaves Colinas cubiertas de pinos baja ondulante hacia el santuario entre pintorescas aldeas, y terminan en el monte CRONOS.
En este contexto maravilloso se encuentran las ruinas de Olimpia, estragada, entre otras cosas, por el terremoto padecido en el s. VI de nuestra era. Esto lo escucho en el relato que hace Rula (la guía), en tanto que el hombre turco, de nuestro grupo, algo le discute con tono de dar a entender que está muy enterado. Yo no hago mucho caso, pues creo que Rula es como casi todos los guías, que solo saben memorizar, ya tendría oportunidad de comprobar, felizmente, que no era así. Por el momento, prefería compenetrarme del olor y color y sentir por mi cuerpo el correr del fresco viento que corre por Olimpia.
Olimpia nunca fue una ciudad, sino un Santuario, uno de los más importantes, como ya dije, es por esto que las construcciones que se fueron haciendo a lo largo de épocas sucesivas respondían a una doble finalidad, el Culto y el Atletismo: en el ALTIS se concentraron los edificios dedicados al Culto. ALTIS significa bosque, pues era una region cubierta por olivos silvestres, sauces y otros árboles. Pausanias dice que este nombre le fue dado desde sus remotos inicios, y dentro de sus límites se encontraban los templos de ZEUS y HERA y el de REA. Además, también estaban los templos PELOPIO y el HIPODAMIO, el FILIPEIO, y una multitud de altares y miles de estatuas. Aún puede verse una avenida de 65 basamentos en donde estaban colocadas estatuas de ZEUS. Un muro bajo con 2 puertas, la del Norte y la del Sur, separaba el ALTIS de los edificios que eran utilizados para el Atletismo: la Palestra, el Gimnacio, etcétera.
Lo increíble, aparte de toda la magnificencia, elocuente sacralidad, belleza, etcétera, es que para la construcción de estos edificios, realizados en estilo dórico, se utilizó piedra local, en cuya formación existen conchas fósiles. Este tipo de piedra proviene de las regiones vecinas, especialmente de las montañas que se levantan al frente de Olimpia; según los geólogos, la existencia de estas piedras indican que millones de años atrás, esta región era fondo marino.

VAYA A OLIMPIA, Y SEA ETERNO.